miércoles, 10 de septiembre de 2008
Él nunca lo supo
Le encantaba sentir como la rozaban, como la apretaba suavemente contra él, esos dedos apasionados la hacían simplemente estremecer, vibrar hasta hacer gritar su alma.
Esas posiciones esforzadas, meticulosas pero fructíferas, le llenaban por completo, sentir esa ligera presión del cariño cuando se acercaba la mano derecha relajada, pero firme, tan suave la tocaban, tan placentero su gritar.
El problema yacía en que ella no era la única, quizás lo sabía, quizás no, pero él la engañaba con otras tres más; francamente no le importaba mucho a ella, con tal de sentirse bien y poder amar con ese amor incondicional que siempre tuvo. Además, ella sabía que era la más privilegiada de las cuatro, a la que trataban con más delicadeza, tan suave y tan aguda era su voz, tan bello su vibrar, y un día, preparándose para tocar, la apretaron un poco más allá de lo debido, y murió sin avisar.
A todo esto, el violinista impreca al aire puesto a la rotura de la cuerda de su violín.
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